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sábado, 23 de enero de 2010

Cooperantes y comerciantes



Uno sabe que desde que el hombre puso sus pies en el planeta Tierra siempre hubo explotadores y explotados. Unos que se iban a aprovechar y otros que iban a ser víctimas, todo ello en nombre de religiones, credos o creencias, da igual la que sea, sin que los parias de la Tierra consiguieran ser dueños de su destino y poder decidir libremente su futuro.
En nombre de tal o cuál principio unos estaban para tomar y otros para servir, unos para explotar y esquilmar, otros para robar, matar, asesinar y quedarse con aquello que consideraran de valor. Con esos negros renglones se ha escrito desde siglos la historia truculenta de la Humanidad y parece que no hemos aprendido nada de nuestros errores. Las luchas de emancipación y de conquista de derechos siempre se ven cercenadas por nuevas y más sutiles formas de explotación, todo ello en aras del beneficio y el lucro obsceno, la avaricia y la explotación.
Como si los países desarrollados ( ¿desarrollados en qué?) quisieran cicatrizar las heridas causadas por su codicia y ambición han nacido, la mayoría con buenas intenciones, organismos y entidades cívicas encargadas de forma desinteresada de ayudar, cooperar y compartir situaciones de riesgo extremo, pero como todo es mensurable y tiene precio, muchos espabilados han encontrado en ese campo una nueva forma de hacer negocio, de atesorar ganancias y de acumular capitales en paraisos fiscales.
Resulta patético observar lo que está ocurriendo en el Tercer Mundo ante catástrofes provocadas o generadas por la naturaleza, siempre están en ellas los que están interesados en sacar réditos, en aprovecharse, en obtener beneficio sin el menor pudor ni recato. En manipular a aquellos que ya perdieron la esperanza de tener alguna esperanza, en generar mercados de esclavos, de niños, de trata de mujeres para prostituirlas, de órganos vitales...
En suma da asco contemplar este mundo que sigue siendo una caricatura dibujada con trazos gruesos de tragedia griega o de sainete, de esperpento y de museo de los horrores, porque hasta de la desgracia hay personajes dispuestos a obtener beneficio.

sábado, 24 de febrero de 2007

El poder de los laboratorios



¿Quosque tandem abutere patientia nostra?

El medicamento contra el cáncer de Novartis, el Glivec, puede aumentar su precio de 150 euros a más de 2.000 euros al mes si la farmacéutica suiza gana el juicio contra la ley de patentes india. Organizaciones, como Médicos sin Fronteras (MSF) o Intermon Oxfam, denuncian que no sólo está en juego la elaboración de este medicamento en genérico sino que se “cierre la farmacia de los pobres”, como algunos denominan a este país asiático.
India es el mayor proveedor de medicamentos genéricos de alta calidad y bajo coste para países empobrecidos, que no podrían pagar los altos precios de mercado de los laboratorios. Además, los fármacos genéricos contra el sida fabricados en India suponen más de la mitad de los que se utilizan en el mundo desarrollado, el 50% de los medicamentos que distribuye Unicef o el 70% de los utilizados en el programa de Estados Unidos contra el sida. Así, si prospera la demanda de Novartis, las consecuencias para el acceso a los medicamentos pueden ser catastróficas. Los más pobres tanto del Norte como del Sur no podrán costearse el tratamiento de sus enfermedades.
Las organizaciones de salud que trabajan en India explican que tan sólo la mitad de los que necesitan un tratamiento contra el cáncer pueden permitírselo en ese país. Mientras, la otra mitad aún no tiene acceso a ningún tipo de fármaco.
Los laboratorios explican que sin el sistema de patentes dejará de haber investigación de medicinas más eficaces contra las enfermedades. “Que no habrá nuevos medicamentos ni para ricos ni para pobres”. Las farmacéuticas invierten alrededor de 700 millones de media para la investigación de un nuevo producto. Su único modo de amortizar esa inversión, advierten, es a través de la exclusividad comercial. Sin embargo, esta idea choca frontalmente con el derecho fundamental a la vida. Un tercio de la población mundial no tiene acceso a los medicamentos indispensables para tener una buena salud. Más de 30.000 niños mueren cada día por enfermedades que se pueden prevenir y once millones de personas mueren cada año por enfermedades que tienen cura con acceso a medicamentos seguros y baratos.
En 2001, los países miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) llegaron al acuerdo de que las leyes de patentes dejarían de tener vigor si se estaba ante una crisis sanitaria. Las ONG sanitarias denuncian, sin embargo, que este acuerdo no ha llegado a ponerse en práctica de manera real. “Los laboratorios siempre han abortado las iniciativas de los países del Sur”, denuncia MSF. Pero no sólo las farmacéuticas han cortado la posibilidad de tener acceso a los fármacos, algunos gobiernos condicionan la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) a que los países firmantes respeten las patentes.
Si Novartis gana el juicio, se abrirá la caja de Pandora en varios frentes. Por un lado, países como Brasil o Sudáfrica podrán ser obligados a dejar de fabricar medicamentos genéricos a bajo precio, que tan buen resultado están dando en el control de enfermedades endémicas como el sida. Por otro lado, hay 9.000 solicitudes de patentes esperando ser revisadas en India. Los que más preocupan, 10 antivirales utilizados como segunda línea de tratamiento contra el sida.
Las farmacéuticas no dejan de ser empresas, cuyo fin es ganar dinero. Sin embargo, por su labor social “el fin no justifica los medios”. Los grandes laboratorios tienen en sus manos la salud y la vida de millones de personas. Enfermedades como la malaria no tienen vacuna porque sólo las poblaciones de los países del Sur la sufren. Sin embargo, cada año surgen nuevos productos contra la obesidad, la celulitis o la caída del cabello. La respuesta la daba el Premio Nobel de la Paz, Desmod Tutu: “Las personas, no los beneficios, deben estar en el centro de la ley”.